Guggenheim BilbaoA través del Road Show organizado por Barra de Ideas, que desde hace unos meses nos trae recorriendo España hablando de cómo vender más en hostelería a través del diseño, y que tendrá su parada definitiva el próximo martes día 4 de noviembre en Madrid; esta semana he podido conocer Bilbao. Una ciudad de la que muchos me habían hablado bien, muy bien diría yo, pero que aun así me ha sorprendido gratamente.

Aproveché el tiempo libre para recorrer a pie la ciudad y visitar algunos lugares obligados para un interiorista. Pude disfrutar del entorno de la ría, conocí el nuevo San Mamés (espectacular), caminé a los pies de la imponente Torre Iberdrola y, cómo no, disfruté del majestuoso Guggenheim de Gehry. Además, la jornada hostelera se desarrolló en la Alhóndiga, otro edificio que me maravilló y que supone, sin duda, el escenario más imponente al que he tenido el gusto de subirme.

La Alhóndiga impresiona entre otras cosas por su tamaño, pero todavía más por su vida, por su constante bullicio generado por una inteligente compatibilidad de usos, pero usos reales. Imagino que aquí a más de uno le vienen a la cabeza volúmenes infinitos y presupuestos no menos obesos derrochados en gigantes mamotretos a los que ahora se le busca utilidad.

Me encantó Bilbao, y si tuviera que destacar algo destacaría su gente, y espero que no suene a tópico. No hablo de su carácter, de sobra conocido, al menos simplificado en multitud de chistes y viñetas, sino del justificado orgullo con el que razonan las virtudes de su nueva ciudad. Bilbao no tiene habitantes, tiene 350.000 prescriptores turísticos.

Pero ¿qué ha llevado al bilbaíno a sentir ese orgullo patrio por su renovada urbe?

Camino al aeropuerto hice muy buenas migas con el taxista. Entre otras muchas anécdotas me contó que dado que era de los pocos taxistas que hablaba inglés tenía la suerte de ser el elegido para mover por Bilbao a muchas celebridades. Empezando por Philippe Starck y terminando, por ejemplo, con el Nóbel de Literatura Gao Xingjian, que incluso, al viajar solo, llegó a invitarle a comer en el restaurante Azurmendi de mi admirado Eneko Atxa —¡Pocos pueden presumir de comer con un premio Nóbel, y más en un tres estrellas! —clamaba orgulloso. Y no le falta razón.

El taxista, gremio cuya importancia turística no acabamos de encauzar favorablemente, acertó a explicarme las razones por las que Bilbao, una ciudad gris y eminentemente industrial, se había convertido en poco tiempo en un referente turístico a nivel nacional. Razones que, dicho sea de paso, coinciden con las impresiones intercambiadas con otros bilbaínos a lo largo de mi estancia en la ciudad.

La crisis anterior a la reconversión de la ciudad—término muy utilizado— fue mucho más dramática que la actual. Bilbao era totalmente dependiente de un modelo industrial que sencillamente acabó por agotarse. Lejos de abrazar la queja o la ayuda estatal se ideo un modelo de futuro que abría nuevas vías de desarrollo y—aquí viene la radical importancia del diseño— se buscaron/instauraron ciertos elementos visibles que representaran el cambio con el fin de hacerlo entendible y palpable a todos los ciudadanos.

El Guggenheim, la Alhóndiga, el Palacio Euskalduna… no son más que guindas representativas de un colosal, innovador y enraizado pastel arquitectónico del que todo bilbaíno puede ofrecer razonamientos fundados sobre su existencia y original sabor. Pero bajo esta agradable capa estética se esconde el verdadero motor del cambio, una apuesta a largo plazo por la vanguardia tecnológica plasmada en numerosos parques y ayudas —llegan a ofrecer ciertas exenciones fiscales incluso sancionadas por la Unión Europea— que apoyan y propician el nacimiento y maduración de importantes empresas tecnológicas.

La inversión en arquitectura y el buen diseño llevada a cabo en la ciudad de Bilbao es ejemplar porqué cada céntimo perseguía un objetivo. Absolutamente todo, desde la primera placa de titanio del estandarte de Gehry hasta el picaporte de la puerta del baño de la Alhóndiga formaba parte de un plan. Un plan y unos estrategas que estimaron acertadamente que no había nada mejor que la arquitectura y el diseño para comunicar unos valores vanguardistas que alejaran a la ciudad y al ciudadano de un pasado industrial irrecuperable. Pero ojo, y aquí está una de las claves del asunto, a pesar de que también se cometieron errores —véase punte Zubizuri de Calatrava— nunca se desatendieron aspectos básicos de toda pieza arquitectónica como la función, la necesidad o la viabilidad. En resumen, Bilbao ha invertido en Arquitectura, otras ciudades han gastado en arquitectura.

Pienso que en cierto modo hay algo de sincero agradecimiento por parte de los bilbaínos a un proceso del que se sienten partícipes. Han confiando en una apuesta con cierto riesgo, y la apuesta ha salido bien. Funciona. Y funciona porque había una base gris detrás de todo ello y las piezas encajan. La inversión ha salido redonda.

Diseño y arquitectura, una vez más, nos demuestran que son mucho más que una mera expresión superficial. La arquitectura goza de un poder comunicativo especial a través de códigos entendidos internacionalmente. No todo en diseño en tangible. El Guggenheim lo es, desde luego, pero la marca que ha grabado a fuego en el corazón y la mente de los bilbaínos no se puede tocar, aunque sí se deja sentir. Los bilbaínos, y no Gehry, espoleados por la necesidad de cambio, han sabido construir una nueva ciudad contemporánea, cosmopolita y abierta al mundo de la que se sienten orgullosos y en la que sus nietos recogerán los frutos de una inteligente siembra.

La transformación y el modelo bilbaíno está siendo copiado hasta la saciedad, pero ya se sabe que los sucedáneos no gustan a casi nadie, no gustan y además no suelen funcionar por dos razones fundamentales. Primero porque ya no sorprenden a nadie y segundo porque solo se replica el cuerpo, no el alma. Implantar un Guggenheim en Seseña no la convertiría en Bilbao de la noche a la mañana. Primero tendría que repensar su modelo de crecimiento, y luego buscar la mejor comunicación del mismo.

No nos cansaremos de repetirlo, el diseño es mucho más que el ego de un proyectista torciendo líneas sobre un papel en blanco. El diseño es capaz de dirigir a una sociedad por camino marcado, pero eso sí, el camino debe estar estratégicamente planificado. Tal como dijo Eisenhower, «en las batallas te das cuenta que los planes son inservibles, pero hacer planes es indispensable».

Gracias Bilbao. ¡Laster arte!

Imagen: Wikipedia Commons, por Fresco Tours

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