Diseño de viviendas, o cómo desaparecer sin dejar rastro

Diseñar un hogar conlleva influir en la vida de las personas. De alguna manera, el diseño forma parte de nuestra existencia. Nos hace felices, o infelices. Nos ayuda, o incomoda. Nos permite ahorrar, o nos empuja a derrochar. El diseño nos moldea, nos hace ser como somos y a su vez, quizá por aquello de devolver el golpe y encajarlo al mismo tiempo, nosotros intentamos darle forma al diseño. Una vez cerrado el círculo nos damos cuenta de que, en realidad, todos estamos creciendo.

Interiorismo Ático-Piso-Vivienda en A Coruña. Terraza en cubierta transitable. Sofá y mesa de centro retroiluminada que, además, de día funciona como tragaluz para la planta inferior. Mesa para 8 comensales.

Como ya hemos comentado en más de una ocasión, el diseño no es belleza. En un diseño residencial, desde el punto de vista del interiorista, la funcionalidad es el único camino que discurre por tierra firme. Un diseño funcional siempre tiene el empate asegurado. Ahora bien, si quieres ganar el partido, has de ir un poco más allá. Nadie te contratará por resultar funcional, pero sí te defenestrarán por no serlo. La funcionalidad es inherente al diseño, algo así como la sostenibilidad que Souto de Moura comparaba con el hecho de alabar que un edificio, simplemente, se mantuviese en pie.

Interiorismo Ático-Piso-Vivienda en A Coruña. Salón, comedor, bancada corrida, chimenea bioetanol

Belleza, funcionalidad y confort. La comodidad en el hogar se traduce en mejorar la calidad de vida de las personas, algo que (también) debería ir implícito en todo diseño. Pero aunque la definición de comodidad cambie dependiendo de a quién preguntes, pues depende de forma directa del tipo de vida que uno lleve, creemos que todo es más llevadero cuando se comparte. Y es que eso mismo, compartir, es lo que hace una familia en el hogar.

No es un mantra, pero casi. Cuando es posible solemos articular el diseño de viviendas en torno a un espació único, un espacio alrededor del que gira sin demasiado esfuerzo la vida familiar. El salón se convierte en el centro neurálgico de la casa. A él se abren de par en par los accesos a las habitaciones y (según el caso) disimuladas cocinas que bien podrían pasar por otro cuarto de estar.

Diseño y reforma de piso en Galicia. Salón y cocina al fondo

Y es que esa es la idea, estar. Estar sin interferencias, sin alardes. Estar de la forma más sencilla y natural. Simplemente estar, o poder estar simplemente. Como decía Dieter Rams, «el buen diseño es tan poco diseño como sea posible». Resulta paradójico, pero la mejor manera de acercar lo más necesario es escondiéndolo. La versatilidad del mobiliario ad hoc de almacenaje oculto es lo que convierte una vivienda en inteligente, en algo que está ahí para facilitarnos la existencia, para brindarnos una vida mejor sin interferir en ella. El diseño está ahí, pero no lo vemos.

Diseño y reforma de piso en Galicia. Cocina

Y la luz, la iluminación artificial sí, pero sobre todo la luz natural, aquel bien que tan poco valoramos por resultar gratuito, que decía Alberto Campo Baeza, y que tanto bien nos hace. ¿Sabías que los países del norte de Europa, países en los que la luz brilla por su ausencia, tienen grandes tasas de suicidio? La luz es uno de los mayores disparadores de estados de ánimo positivos, y en ocasiones los diseñadores le damos la espalda. La luz es una importante salvaguarda energética y un potente aliado visual que, como hemos dicho, tenemos gratis, al menos por el momento. Si además podemos complementarla con un inteligente proyecto de iluminación, tan solo con luz podemos conformar un espacio.

Interiorismo Ático-Piso-Vivienda en A Coruña

Pero al final, de todo lo que ocurre en un hogar lo más importante es la vida. No nosotros. Insisto: no nosotros. Nosotros, como diseñadores, solo le damos acomodo a las vivencias de las personas de acuerdo a la forma en la que estas quieren vivir.

Cuando diseñamos viviendas creamos soportes vitales que acompañan en tiempo y forma el azaroso discurrir de la vida familiar. Y luego, en el mejor de los casos, desaparecemos sin dejar rastro. Repito: sin dejar rastro.

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