La falacia del restyling - Iván Cotado

A grandes males, grandes remedios, dice el sabio refranero español. Sin embargo, mientras que a ningún avezado marinero se le ocurriría corregir el rumbo del Titanic desplegando velas o armándose con un taladro milagroso, siguen existiendo empresarios tan obcecados en su propio hundimiento que tratan de tapar sus vías de agua pintando el barco. Pintar el barco está bien. Tanto es así que debe hacerse de forma regular para evitar el deterioro del casco. Pero no evita un naufragio. Con un restyling sucede algo parecido. De hecho tal vez convenga revisar el origen y significado del concepto.

RMS Titanic listo para su botadura, 1911

El término restyling fue utilizado originariamente por la industria automotriz (restyling en italiano o facelift en inglés). En español, la Fundeu recomienda sustituir el anglicismo por rediseño, remodelación o actualización (vulgarmente lavado de cara. Esto ya es de la Wikipedia). El caso es que el término designa la modificación del diseño de un automóvil para estirar los ciclos de producción de un modelo determinado cuando las ventas se agotan, antes de cambiar definitivamente de modelo.

Cuando las marcas detectan un problema grave en las ventas, más allá del agotamiento, suelen optar por sacar al mercado un modelo nuevo. Incluso pueden optar por reposicionar la propia marca, tal como ha hecho Mercedes recientemente, y cambiar todo su portfolio de coches. Un restyling puede estirar la vida útil de un modelo, pero no solventar un problema esencial y, en todo caso, si se piensa en el largo plazo, debe concebirse como una antesala de una futura intervención integral.

Que los gustos han cambiado, que un modelo de la competencia se ha convertido en el preferido de nuestro target o que nuestra cadena de producción ha dejado de ser rentable en costes… En estos casos no se opta por una remodelación, sino por un replanteamiento mucho más severo.

Del análisis certero del problema surge la solución más apropiada. Sin embargo, en términos de diseño interior el restyling se ha convertido en toda una ciencia que algunos han querido interpretar como un interiorismo de bajo coste. Como un formato low cost para la solución de cualquier tipo de problema.

Cuando alguien llama al estudio solicitando información sobre restylings, de entrada, le decimos que las casas se comienzan por los cimientos, no por la cubierta. Primero analicemos el problema y luego busquemos la solución. Solución sin etiquetas, porque a veces la distancia entre una remodelación y una intervención integral no es tan larga como cabría esperar.

Ocurre a menudo que el cliente parte de un problema importante, bien poner en marcha un negocio desde cero, bien corregir un fallo en el funcionamiento de un negocio existente. Y esto no suele acabar bien cuando te encargan una solución y de entrada te están poniendo trabas en el camino. Es como si te dijeran que el evites el hundimiento del Titanic pero sin tocar el timón ni derretir el iceberg.

No tener clientes, o tener pocos, no conseguir las ventas mínimas, no conseguir vender al precio deseado, que los clientes no estén satisfechos, que nuestra marca no transmita su verdadera esencia, que los flujos internos o externos no funcionen de forma correcta, que la rotación no sea la adecuada o que la competencia nos haya comido la tostada —me permito la vulgaridad—, son problemas lo suficientemente graves como para pensar, de entrada, que lo que está pidiendo a gritos nuestro negocio es una intervención más tirando a integral que a parcial.

Sin embargo, no faltarán profesionales que te recomendarán tirar tu dinero en un restyling. Y esto de entrada, antes siquiera de analizar a fondo tu problema. Unas plantitas aquí, un cambio de color allá, un mueble al fondo —estilo retro, o nórdico, que ahora se lleva mucho—, y una nueva lámpara central, eso sí, que viste mucho.

Imagina que estás a bordo del Titanic y lo único que tienes a mano es un taladro. ¿Cómo te sentirías?

Contestando ya de antemano a los ofendidos: no estoy en contra del restyling como concepto. Estoy en contra de cómo se esta vendiendo por norma general. Estoy en contra de quien pretenda transmitir que todo se puede solucionar con un restyling. Porque esto ni de lejos es así.

Un restyling solo es recomendable, a priori, cuando existe un agotamiento en el modelo y solo requiere una pequeña actualización de carácter estético y superficial para estirar la vida útil del mismo. Aún así habría que analizar la problemática de forma global y determinar la mejor solución independientemente del grado de intervención que suponga, sin etiquetas y sin trabas. Si ponemos frenos ya en el análisis inicial, y el propio concepto ya supone un freno en sí mismo, la solución será sesgada y parcial. Que funcione o no ya tiene más que ver con la suerte que con el talento. Y, en cualquier caso, habremos de tener en cuenta que cualquier restyling es una solución con un plazo de funcionamiento relativamente corto.

La venta de restylings es de entrada una gran contradicción. Una falacia en sí misma. Es como si uno se pasea por la calle vendiendo taladros como solución para todos los problemas de la sociedad. El taladro como una especie de medicina milagrosa. Taladros contra la soledad. Taladros contra la la España vaciada. Taladros contra la pobreza… Cada problema es único y la solución definitiva pasa por esa asunción, así como la determinación del tipo y gravedad de problema que queremos solucionar. A partir de ahí… INteriorismo EStratégico, en mayor o menor medida. No hay otro camino.

¿Cómo está tu Titanic? ¿En perfecto estado, lleno de pasajeros, todos de fiesta… o un poco viejuno? ¿Navegas sin problema, viento en popa y a toda vela… o vas directo hacia un iceberg? Recuerda que ambas situaciones, la buena y la mala, pueden darse a la vez. No en vano la parte oculta de un iceberg es bastante más voluminosa que la visible y, como bien sabes, si viajas a bordo del Titanic tienes ciertas probabilidades de acabar con tus huesos en las gélidas aguas de Terranova. Tu vida depende del análisis previo de la situación. De ahí deducirás si te haces con un taladro milagroso o con un bote salvavidas. Del mismo modo que, llegado el momento, sabrás si tu negocio necesita un milagro o un buen profesional en el que confiar.

Imagen [Dominio Público]: RMS Titanic ready for launch, 1911. By Robert John Welch (1859-1936), official photographer for Harland & Wolff 

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